El Rey cuenta su vida

30 de septiembre de 1985 . Con motivo del décimo aniversario del reinado de Juan Carlos I, ‘Tiempo’ publicó un serial de doce entregas con la autobiografía del Rey. El texto, escrito por Víctor Salmador, contaba con declaraciones inéditas del monarca relacionadas con su trabajo, su familia, sus amigos y su forma de ver la vida. Un documento que marcó una época.

 

La vida de don Juan Carlos está marcada por haber sido el hombre que desde la Jefatura del Estado ha conducido el proceso ejemplar de transición desde el régimen del general Franco al constitucional y democrático, con la liquidación de la Guerra Civil, la reconciliación de las dos Españas y la vigencia de las libertades plenas, hecho todo ello sin violencias traumáticas, como un prodigio increíble que algunos llaman talento, otros sagacidad y otros astucia, pero que al margen de los juicios y calificativos está ahí y resulta históricamente imborrable. El propio don Juan Carlos ha comentado: “El proceso democrático de España es un hecho históricamente irreversible”. Aunque agregará: “La democracia ha comenzado; pero falta mucho por hacer aunque se hayan conseguido en corto plazo metas que muchos se resistían a imaginar”.

 

Dentro de este histórico y sensacional proceso, y como elemento inseparable del mismo, hay circunstancias clave. Sin despejarlas no podría abordarse ningún diálogo con don Juan Carlos ni hacerse ningún estudio objetivo y sereno sobre su personalidad. Para tener el Rey en sus manos la autoridad y el poder que le permitieran realizar el proceso o, dicho de otro modo, para ser aceptado y proclamado Rey, recibió ese poder de quien lo tenía, y luego yendo “de la ley a la ley a través de la ley” –concepto acuñado por Torcuato Fernández Miranda- cambió el signo explícito o sobrentendido (que no era otro sino la continuidad del franquismo) por otros principios basados en las libertades, la soberanía nacional, la constitucionalista, los partidos políticos y demás que informan y conforman nuestra realidad presente.

 

La inmensa mayoría de los españoles ha respaldado firmemente la actitud del Rey, con lo cual, y como añadidura de que don Juan Carlos estaba en lo cierto, la institución monárquica se ha renacionalizado. Para que don Juan Carlos pudiera realizar el proceso tenía que llegar al trono, y para llegar era necesario que su padre, abanderado principal de las definiciones acerca de la monarquía y de las características que la institución habría de poseer para arribar a la renacionalización, resultara excluido del orden sucesorio tradicional. Una alusión a todo eso nubló el semblante de don Juan Carlos cuando pronunció su discurso en la solemne ceremonia de asumir la Corona: “Yo sé bien que los españoles comprenden mis sentimientos en estos momentos –dijo-. Pero el cumplimiento del deber está por encima de cualquier otra circunstancia. Esta norma me la enseñó mi padre desde niño y ha sido una constante de mi familia”.

 

“Son muchos los intelectuales, escritores, periodistas, políticos e historiadores de España y de todo el mundo –escribió el año pasado don Juan Carlos- que afirman sin reserva alguna que la Corona y el Rey han sido claves de la transición española. Yo solo tengo una respuesta para esas interpretaciones tan halagüeñas para mí de la más reciente historia de España. El Rey, la Corona y la dinastía no han hecho otra cosa que cumplir con su deber y afrontar, con lealtad a los españoles y a España, las responsabilidades que les imponía la historia de la patria y las exigencias del momento. Yo doy gracias a Dios por haber podido aprender la disciplina del deber y el sentido del patriotismo en el hogar de mis padres y en las Fuerzas Armadas españolas. En la casa del conde de Barcelona, que cuando yo nací era el heredero de la ritualidad de la Corona española, en Italia, en Suiza y en Portugal…”.

El 14 de mayo de 1977 don Juan de Borbón renunció a sus derechos dinásticos para favorecer el reinado de su hijo, don Juan Carlos.

 

“El destino, que es para los creyentes la providencia de Dios –sigue expresando don Juan Carlos–, nos había situado a mi padre y a mí en los sucesivos eslabones de una cadena dinástica que no tenía otra razón de ser, repito, que el servicio a España. Por eso mi padre quiso que mi educación discurriera aquí y entre españoles. Y desde que cayó sobre mí el honor de ser Rey de España, no por un error o artificio legal, sino con el asentimiento de los españoles inequívocamente manifestado ya en los primeros días, tuve el apoyo moral y humano de mi padre, el conde de Barcelona, con toda la fuerza histórica y la responsabilidad que eso significaba para mí, que tan bien conocía y conozco su personalidad y que nunca he ocultado mi admiración por él”.

 

De ahí, pues, que a don Juan Carlos hubiera que hacerle, primero que nada, las dos preguntas que resultan esenciales para aprehender su personalidad humana y política –aunque la política en este caso se encuentre situada en el alto nivel de lo que llamamos lo institucional–, para entender el porqué de esos dos episodios históricos que parecen contradictorios.

 

La primera pregunta es la que nos conduce a aclarar si fue necesaria o no la marginación de don Juan en el orden sucesorio de la Corona, cuando –visto lo ocurrido después– don Juan era precisamente el propulsor y defensor del impulso democrático que más tarde iba a llegar desde la propia Corona. Y la segunda, si la vocación democrática y constitucional de don Juan Carlos nació espontáneamente al ser proclamado Rey en 1975 o se trataba de una convicción antigua, aunque la reservara para sí, esto es, si la tenía en 1969 cuando fue designado sucesor. Esto se podría preguntar también de otra manera: si coincidió siempre con las ideas de su padre, que las preconizaba en oposición a las sustentadas por Franco, o se adscribió a ellas más tarde, al llegar a la Jefatura del Estado, que es cuando iba a tener la posibilidad de llevarlas a la práctica. “Yo, en efecto –responde don Juan Carlos–, me hice cargo de todos los poderes legales del Estado, pero con una finalidad bien precisa y enunciada explícitamente en mi primera intervención oficial como Rey de España: ‘Ser rey de todos los españoles’. No fue una improvisación. Fueron unas palabras cuyo alcance estaba bien medido y a las que yo estaba resuelto a hacer honor”.

 

Una decisión problemática. Manuel Prado y Colón de Carvajal ha contado que hace muchos años, cuando el entonces Príncipe solo tenía 24, este le manifestó: “Tengo que servir a mi país. Y el primer servicio tiene que ser devolver las libertades al pueblo”. Esta decisión probablemente le ha acarreado al Rey no pocas contrariedades. Precisamente, cuando aceptó la dimisión de Carlos Arias Navarro y se dispuso decididamente a iniciar la Transición, uno de los que entonces se consideraba su amigo le llamó para decirle que aquel día acababa de “tirar la monarquía por la ventana”. Don Juan Carlos comenta: “Yo le dije que estaba equivocado pero su actitud tampoco me produjo excesiva sorpresa. Incluso mis mejores amigos se han equivocado a menudo acerca de mis intenciones”. Por qué aceptó entonces la sucesión si ello implicaba el compromiso de sostener y encabezar la monarquía de las famosas Leyes Fundamentales, y estaba en su propósito el transformarla en la monarquía democrática y constitucional. A esto no ha respondido en concreto don Juan Carlos, pero podemos imaginar una más que probable respuesta. Porque su negativa hubiera hecho cambiar los planes de Franco, que habría designado un regente o nombrado otro sucesor a título de Rey, con lo cual el proceso de recuperación de las libertades y de instauración democrática hubiese tropezado con dificultades o se hubiera hecho inviable.

 

“La historia es como es y no como quisiéramos que fuese”, nos contó Torcuato Luca de Tena que le había dicho el entonces Príncipe cuando le llamó para darle las gracias por situarse en las Cortes a favor de don Juan en aquella votación histórica de julio de 1969, a través de la cual quienes en aquel tiempo se llamaban procuradores aprobaron la propuesta de sucesión de Franco a la Jefatura del Estado.

 

Los noes más estentóreos a la famosa propuesta –hubo ocho– fueron el del citado Torcuato Luca de Tena y el del general Rafael García Valiño. Este agregó, mirando fijamente a Franco: “Con el patriotismo a que me da derecho mi vida militar, llena de hechos de armas que me valieron, aparte de notables condecoraciones, numerosas heridas y cicatrices, pensando en el bien de la monarquía tradicional que dio a España sus mejores días de gloria y esplendor, digo rotundamente no a esta proposición que altera el principio hereditario, base de dicha monarquía”.

 

Pero nada hay más intergiversable, a la vez que revelador del pensamiento de don Juan Carlos, que lo que él mismo escribió de su puño y letra. Después de aludir a “las mejores lecciones de servicio y amor a España” recibidas de su padre, don Juan, añadió: “Estas lecciones son las que me obligan, como español, a hacer el mayor sacrificio de mi vida y, cumpliendo un deber de conciencia y realizando con ello lo que veo es un servicio a la patria, aceptar el nombramiento [sucesor a título de Rey] para que vuelva a España la monarquía y pueda garantizarse para el futuro, a nuestro pueblo, con la ayuda de Dios, muchos años de paz y prosperidad”. A la vez decía a su padre: “En esta hora, para mí tan emotiva y trascendental, quiero reiterarte mi filiar devoción e inmenso cariño, rogando a Dios que mantenga por encima de todo la unidad de la familia y quiero pedirte tu bendición para que ella me ayude siempre a cumplir, en bien de España, los deberes que me impone la misión para la que he sido llamado”. Otra respuesta textual de don Juan Carlos redondea la inquisición periodística: “Mi padre ha dicho siempre que lo importante es la institución, la monarquía, y lo secundario, las personas. Creo que lo estamos haciendo bien ambos, porque son dos ocasiones las que tiene la monarquía, la de mi padre y la que yo estoy defendiendo aquí”.

 

Encontrándonos cierta vez en Villa Giralda, haciendo un aparte durante una de aquellas recepciones que se celebraban por San Juan, a la pregunta expresa que hicimos a don Juan Carlos de a partir de cuándo se dio cuenta de que su persona era singular, nos respondió con estas precisiones: “Desde mi primera infancia. Ello ocurrió a pesar de que mis maestros se esforzaron en que mi educación fuera igual y aun más rígida y dura que la de cualquiera, de que fuese tratado sin miramientos y sin privilegios, sistema que creo es inmejorable y que he decidido adoptar para mis propios hijos. Claro que, al mismo tiempo, ya se me señalaba y exigía una actitud diferente al hacérseme notar que yo, por ser quien era, había cosas que no debía hacer aunque las hiciesen otros, y otras que yo estaba obligado a aceptar o a hacer aunque los demás estuvieran liberados de ello. De manera que el gusto o las referencias personales contaban muy poco, siempre tenían que ser dejados de lado ante la regla de conducta. ¿Por qué esa diferenciación? Pues porque toda la familia estábamos sometidos a la servidumbre de constituirnos en ejemplo. Esa era la singularidad que advertí. Y al ocurrir eso un día y otro, a toda hora, desde antes de tener uso de razón, el carácter se moldea. En las familias reales, la lección de servicio y sacrificio es reiterativa y constante. Sin ese concepto la vida no tiene significado”.

 

Las expresiones de don Juan Carlos acerca de la singularidad de su persona, que acabamos de transcribir, coinciden con las que hace pocas semanas nos transmitía su hermana doña Pilar, en su casa de Puerta de Hierro: “En las familias reales la noción de servicio ha de sobreponerse a todo sentimiento y afecto. Desde niños se nos educa, prepara y acostumbra para pensar y sentir así. Por eso, el sacrificio que haya que hacer se acepta con naturalidad y quizá ni siquiera nos parece que tenga mérito. Nuestra vida solo tiene sentido si es vista desde ese prisma, entendida desde esa filosofía de la obligación y el deber”. Unos años antes, en 1966, en otro encuentro periodístico, el entonces Príncipe manifestaba: “Para un político el oficio de rey es una vocación. Para un hijo de rey, como yo, es otro asunto distinto. No se trata de saber si me gusta o no me gusta. Nací para ello. Y desde mi infancia, mis maestros me han enseñado a hacer también cosas que no me gustan. En casa de los Borbones el ser rey es un oficio”.

 

Eugenio Vegas Latapié, que fue en Suiza preceptor y, en gran medida, el primer director espiritual de don Juan Carlos, nos ha relatado una anécdota que revela esa sensación de la singularidad de la persona y de las obligaciones que eso lleva consigo. Tenía entonces el Príncipe, a quien los allegados llamaban don Juanito, 5 o 6 años. Se acercó a la puerta un pobre a pedir limosna y la nurse, Mercedes Solano, le entregó unas monedas para que, a su vez, se las entregase al pobre. A don Juanito le pareció que aquello era poco, pero la nurse le dijo que no. “Con eso está bien para una limosna”, le explicó. El Príncipe, consciente de quién era, replicó: “Eso estará bien para todo el mundo, pero yo creo que debo dar más”.

 

El argumento de que entre él y los españoles existía un vínculo o relación especial que le obligaba también fue utilizado por su abuela doña Victoria Eugenia para corregirle los defectos de pronunciación que había adquirido en los colegios extranjeros. Lo que no dicen las crónicas, porque no ha podido averiguarse aún (y si se le pregunta al Rey se limitará a sonreír y hacerse el mudo) es quién le recomendó que ejerciera constantemente, todos los días de su vida , un práctica saludable: “Tener mucha cabeza, bastante olfato, nada de lengua y los genitales en su sitio”. Esta es máxima que circula entre las familias reales sin que nadie sepa quién la inventó. Y se asegura también que la última exigencia tanto puede aplicarse en el sentido de echar valor ante el peligro como en el de emplearse con éxito en la continuidad dinástica.

 

Una vez se publicó en Blanco y Negro una de las pocas entrevistas que se le han hecho a don Juan Carlos. ¿La realeza es, como el sacerdocio, algo que imprime carácter?, le preguntaron. “En cierto modo, sí –respondió–. No sé si será un problema de educación o de costumbre, pero la realeza llega a sentirse como un hábito, mejor aún, como una segunda piel que ya no podemos quitarnos. Es como un permanente deber, una exigencia continua que no permite que la olvidemos. El Rey aprendió desde niño que la palabra servir es la más noble que puede pronunciarse, y que entiende su dignidad como un deber y no como un privilegio”. Casi al mismo tiempo, en otra rueda de interlocutores, también el Rey explicaba: “Para nadie es fácil asimilar los cambios que constituyen una conmoción evidente en un estado de cosas que ha de adaptarse a otro diferente, exigido este por los tiempos en que vivimos y por la voluntad mayoritaria del pueblo español. Es natural que el contraste entre el pasado y el presente origine tensiones, produzca excesos o cause sorpresas, que han de ir limitándose y formalizándose con el transcurso de los años.

 

Esta vida del Rey ya tan fecunda en hechos y en resultados, comenzó a la una y cuarto de la tarde del día 5 de enero de 1938 -con una temperatura de cuatro grados en la calle- en la Clínica Angloamericana de Roma, junto a los jardines que rodean la Via Numentana. Nació, pues, según la pitonisa Elizabeth Teissier, “Capricornio puro, con ascendente Tauro, lo que quiere decir que a la vez es conservador y destructor, y que hace las cosas sin teorizar en exceso sobre ellas”.

 

El escritor y periodista Juan Antonio Pérez Mateos, que es quien con más acierto y brillantez ha investigado hasta ahora los pasos de don Juan Carlos, ha contado que quien primero tuvo en sus brazos al recién nacido fue la vizcondesa de Rocamora, doña Ángeles Martínez Campos y San Miguel, nieta del general que restauró la monarquía en Sagunto, y que la criatura pesaba tres kilos al nacer. Ángeles Martínez Campos había recibido en 1935 el nombramiento de dama de la princesa doña María de las Mercedes y acompañaba a aquella ejerciendo funciones de secretaria de audiencias. “Mi recuerdo de Ángeles -nos dijo una vez don Juan Carlos- está unido a diferentes etapas de mi niñez. No me refiero, claro, a aquellos días de Roma, sino a épocas posteriores, pues siempre fue amiga de mi familia y en casa era recibida con mucha confianza y cariño. Las mujeres de la dinastía Martínez Campos fueron un poco madrinas mías, todas ellas. Veo en mi memoria a otra nieta del general a la que tuve gran afecto: Pilarón, la mujer del aviador Juan Antonio Ansaldo. Era muy simpática y bondadosa. Me alojé en la villa que tenían en San Juan de Luz y desde entonces el cuarto que utilicé lo bautizaron con el nombre de Cuarto del Príncipe”.

 

Un destino ineludible. Más adelante en el tiempo, a una pregunta nuestra, el actual rey de España contestó: “Mi biografía es la de aquel a quien le han limitado sistemáticamente tener iniciativas personales, propias, durante muchísimo tiempo. Fui un espectador, casi, de la historia. No tuve otra opción sino aceptar un destino imposible de modificar. Esta situación, aunque sea trasladada a otros niveles o planos sociales, es bastante común, porque muchos hombres, desde que nacen, dependen de un determinado entorno, que no han elegido ellos mismos y que les impone condicionamiento. Mi biografía comienza a plenitud cuando, asumida la autoridad real y consciente de la responsabilidad, soy yo mismo quien ha de tomar las decisiones. A partir de ahí, todo lo que antes era incierto y nebuloso comienza a verse con claridad. Cuando me hice cargo de todos los poderes legales del Estado, no había instancias por las que pudiera manifestarse la voluntad nacional, de modo que al Rey le correspondía el riesgo y el privilegio de tomar las iniciativas indispensables. El Rey de España no ha hecho más que cumplir con su deber”. Pero estábamos en el inicio, en los primeros vagidos de un niño que acaba de arrojar en la balanza el peso de tres kilos. Don Juan de Borbón se hallaba aquella mañana ausente de Roma: “Estaba a 200 kilómetros al norte de la ciudad -ha contado- Un cartero en bicicleta me trajo el telegrama anunciándome que mi mujer había ingresado en la clínica. A toda velocidad, rompiendo una ballesta en el camino, llegué justo a tiempo de estar allí para el nacimiento de mi hijo”.

 

Los cronistas no dicen si el infante lloró o no lloró, si luego saboreó o escupió la sal del bautizo. En España se andaba entonces en plena Guerra Civil y por aquellos días se libraba la batalla de Teruel, donde el 8 de enero de 1938 capitulaba el coronel Rey D’Harcourt. El 6 –día de Reyes– la noticia del nacimiento se publicaba en la edición de ABC en Sevilla. “La princesa doña María de las Mercedes da a luz, con toda felicidad, un hermoso varón”, decía el título a una columna, y le seguía un texto de solo trece líneas. Trece líneas dedicaba el periódico a quien años después iba a ocupar millares y millares de páginas en todos los periódicos.

 

Esta es la portada de la revista que incluía el texto sobre la biografía del Rey. (30 de septiembre de 1985)